TCB31

Una nota aparte. Estaba revisando mis apuntes y ya, a esta fecha, he recomendado más de sesenta discos. No es que sea un número muy grande (después de todo uno podría recomendar discos para siempre), pero me llamó la atención el número considerando lo bien que lo he pasado escribiendo estos textos -casi- semana a semana.

Esta semana: Esta semana son discos que, por alguna razón, creo que tienen algunas similitudes, aunque no evidentes. El primero es el último disco de Sufjan Stevens, un artista que me fascinó en los dos miles y que luego fue agotando su fórmula, perdido en una serie de experimentos fallidos. Termina haciendo el mejor disco de su carrera cuando vuelve a mirar hacia dentro, hacia su historia, sus dolores y sus cuentas pendientes. El segundo es el primer disco en veintisiete años de Dexys Midnight Runners. Te ruego que no huyas pensando en que sucumbí a un /one hit wonder/. Este disco lo escuché muchas veces ese año, se convirtió en uno de mis favoritos de ese año y sí, yo también me sorprendí contagiado de la energía, el humor y fundamentalmente del cariño que tiene la música de Kevin Rowland.

Ojalá te guste la selección de esta semana. Si te gustó, envíame un mail (tantas@cancionesbuenas.com). Siempre me pone contento recibir esos comentarios.

Que tengas una linda semana ✌


Sufjan Stevens - Carrie and Lowell (Asthmatic Kitty, 2015)

Sufjan Stevens apareció en escena recién empezados los dos miles, como un artista particularmente inquieto. De hecho, uno podría argumentar que sus momentos más brillantes van entre el 2001 y el 2005, donde entre un par de piezas intimistas (Enjoy your Rabbit de 2001, Seven Swans de 2004) cuela dos piezas de pop orquestal y excesiva que logra leer un momento preciso de la escena independiente norteamericana con Michigan de 2003 y especialmente Illinois de 2005.

Pero luego de eso la carrera de Stevens tomaría un curso irregular. Mi amigo Cristian Araya decía en radio hace un tiempo cuando comentábamos este disco que Stevens era de esos artistas a los que nadie a su alrededor supo atajar en el momento preciso. Nadie le dijo que no, que esos experimentos electrónicos no iban a llevarlo a ninguna parte, que la idea de hacer un disco por cada estado de los Estados Unidos era una idea delirante. Así llegó, un poco a los tumbos (creativamente hablando) a Carrie and Lowell, su séptimo disco.

Emparentado sonoramente con Seven Swans, Carrie and Lowell fue grabado minimalistamente en el departamento de Stevens, como si se tratara de una terapia para arrancar del dolor. El disco es temático: se denomina a partir de los nombres de su madre (muerta en 2012) y su padrastro, personas claves en su historia personal.

Carrie and Lowell es un ajuste de cuentas. Carrie fue siempre una madre disfuncional, producto de su alcoholismo y sus galopantes problemas mentales, que la llevaron incluso a estar lejos de sus hijos siendo menores de edad durante buenas temporadas. En distintas entrevistas Stevens ha dejado entrever que está en un momento diferente, donde luego de la muerte de su madre ha tenido que lidiar con las cuentas pendientes, con aquellas cosas que no fue capaz de decir, con las explicaciones que tuvo que deducir ante el silencio de Carrie.

A veces las cosas son así. A veces resulta mejor ajustar cuentas en ausencia, ante la presencia de aquellas cosas que te permiten entender mejor la realidad. Aunque esa presencia sea una guitarra y el ventilador que no deja de sonar durante todo el disco.

🎧 Si solo tienes tiempo para una canción: Fourth Of July
📻 Lo puedes escuchar completo aquí: Spotify | iTunes Music


Dexys Midnight Runners - One day I’m going to soar (BMG, 2012)

Probablemente levantaste la ceja cuando leíste el nombre de esta banda en este noble boletín. Hay dos posibilidades. La primera, porque probablemente supongas que es una excentricidad de mi parte compartir una banda con un nombre tan ridículo. La segunda, porque el nombre te suene. Los Dexys Midnight Runners le dieron un palo seco al centro del éxito hace casi justos 35 años. Sí, un /one hit wonder/ que empieza sin pudor con un solo de violín. Los ochenta dieron para mucho.

Eso mismo tenía yo en mi cabeza cuando volví a saber de esta banda. Bueno, algo también sabía de las diabluras de Kevin Rowland y de su búsqueda eterna de las raíces irlandesas en clave pop.

One day I’m going to soar es el cuarto disco oficial de la banda y primero en 27 años (!). Lo primero es que vale la pena escuchar este disco ajeno al prejuicio de la pegajosa canción que aportaron al acervo cultural occidental. Es una aventura teatral, Rowland parece explotar todas las facetas de frontman y arreglista, cambiando sus tonos de voz para adecuarlos a las necesidades de la historia que cuenta, y acompañándose por una banda que parece ceder ante cualquier capricho del cantautor. Como si cada una de las teclas que se apretan fuesen teledirigidas desde la cabeza de Rowland.

Es un disco, si me permites la palabra, /elegante/, en el sentido de que el perfeccionismo de Rowland aparece en cada arreglo, en cada decisión de producción. Es un disco que avanza con velocidad propia (ciertamente, no una velocidad apropiada para /millenials/), y tiene todo lo que uno podría esperar: es autobiográfico, excesivo y teatral. El disco avanza y se desarrolla como una gran obra teatral, como si este disco - que Rowland dice a quien le pregunte que lo tenía listo hace más de 5 años- fuera una puesta en escena preparada con esmero, con volumen alto y sin tomarse tan en serio.

🎧 Si solo tienes tiempo para una canción: She got a wiggle
📻 Lo puedes escuchar completo aquí: Spotify | iTunes Music


###
Post your comments here