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Canciones Buenas #46: Bonnie Prince Billy – I See a Darkness (Drag City, 1999)

En 1999 Google todavía era una startup y todavía no se creaba la Wikipedia. En 1999 pensábamos que el avance de la tecnología llevaría irremediablemente a tener más libertad. Que el software que se construía colaborativa y abiertamente era infinitamente superior al cerrado y propietario y estaba destinado al éxito, que la dictadura de la música envasada para las masas tenía sus horas contadas; que así como la internet estaba liberando el conocimiento de la humanidad, también nos liberaría de las dictaduras y el fascismo.

Varios veíamos un futuro caótico y estimulante. Will Oldham (¿o Bonnie Prince?) veía oscuridad.

“I See a Darkness”, curiosamente decidió titular a su disco debut el barbudo bajo el alias de Bonnie Prince Billy. La jabonosa carrera Will Oldman ya incluía varios discos de folk de baja fidelidad bajo el seudónimo de Palace (o bien Palace Brothers, Palace Music o Palace Songs, de acuerdo a las pulsiones del momento). Sin contar una promisoria carrera actoral que de hecho antecedía sus inquietudes musicales (años después actuaría en la muy recomendada Old Joy de Kelly Reichardt) y haber sido el fotógrafo de la icónica portada del segundo disco de Slint.

Quizás la carrera actoral de Oldham y el uso de seudónimos como quien se cambia de chaleco sea una clave para mirar las cosas con distancia. Después de todo, enfrentarse a ese mundo de allá afuera con un nombre diferente, o con una máscara o un amuleto en el bolsillo, permite olvidarse por un segundo de esa mochila que cargamos y hasta decir verdades en que no creemos. De hecho, pese a lo que se pudiera pensar del título del disco y la confusa ilustración de la portada, no es que Oldham nos venga a distribuir pesimismo. O al menos no necesariamente.

“I See a Darkness” son un puñado de canciones que continuamente revolotean sobre la idea de la muerte, de la inevitabilidad del ocaso. De aquellas cosas en las que tan poco pensábamos a finales de los noventa. Como si se tratase de una canción que conectara algo (¿Una fotografía de un mundo que se auto destruye? ¿Una idea de futuro? ¿un simple estado de ánimo?) tanto Johnny Cash como Rosalía volverían a traer, en distintos momentos, ese ruego de salvación de Oldham al presente.


🎧 Si solo tienes tiempo para una canción: I See a Darkness.

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Scott Walker, “a cathedral lit by a sunset”

La carrera de Scott Walker son básicamente tres grandes actos. En el primero, Scott será un ídolo pop juvenil liderando a los Walker Brothers (ninguno de ellos apellidado realmente Walker y, ciertamente, sin vínculos familiares entre sí) con un éxito formidable a mitad de los sesenta, especialmente en Inglaterra.

El segundo acto llegará una vez disuelta la aventura juvenil con una seguidilla de cuatro discos solistas entre 1967 y 1969, donde su voz barítono comenzaba a recorrer caminos un poco más arriesgados. El descubrir casualmente la música de Jacques Brel hizo, en sus palabras, que todo cambiara para siempre. Los tres primeros discos incluirían, además de varios covers de Brel, reflexiones existenciales gatilladas por su obsesión por la poesía y el cine europeo de vanguardia. Todo ello envuelto en una exquisita capa de arreglos orquestales.

Scott 4 fue el cuarto disco de esa seguidilla y un rotundo fracaso comercial. En parte, supongo, porque las aguas del pop comercial del momento comenzaban a tomar otro curso, lejos del preciosismo orquestal. Los setenta serán una década triste, donde gobernará con descaro y bastante poca gracia el denominado rock progresivo. La voz de Walker, junto con el pop orquestal, se irá retirando de a poco para que Jehtro Tull, Genesis, Rush y Yes reinen cómodamente hasta que Patti Smith, New York Dolls y los Ramones merecidamente enmienden.

Scott 4 es un disco a contrapelo de sus tiempos, tal como todo lo que haría Scott Walker desde ahora en adelante. Es el primer disco que contiene únicamente composiciones originales, y donde expande las temáticas desde Ingmar Bergman (el disco abre con “The Seventh Seal”, que podría ser perfectamente parte de la banda sonora de la película del sueco) a la invasión soviética a Checoslovaquia.

Una hermosa cita de Albert Camus se ve impresa en la parte trasera del disco, como si fuera una explicación de lo que pasaría luego.

a man’s work is nothing but this slow trek to rediscover, through the detours of art, those two or three great and simple images in whose presence his heart first opened

Luego de algunos tropiezos creativos motivados por la presión de su sello discográfico -incluyendo una sorpresiva, aunque interesante vuelta de los Walker Brothers a mitad de los 70- poco se supo de él hasta 1984. El lanzamiento de su disco solista “Climate of the Hunter” sería el tercer acto de Scott Walker.

En este tercer acto, Scott llevaría lejos la búsqueda que había iniciado en sus exploraciones intelectuales con la vanguardia en los sesenta, forzando los moldes de la tonalidad y del formato canción. En el curso de treinta y cinco años, Walker editaría tan solo tres discos como solista.

Walker murió sorpresivamente el 22 de marzo de 2019.


🎧 Si solo tienes tiempo para una canción: On Your Own Again. No es ni de cerca la mejor canción del disco, pero cada vez que la escucho me embrujan esas cuerdas que aparecen justo antes del estribillo.

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Mark Hollis desapareció completamente


Mark Hollis

Mark Hollis fue rockero improbable, de esos personajes ubicados en lugares que parecen ser para ellos a todas luces ajenos.

Pese a nunca haberse acostumbrado a los vericuetos propios de una banda de rock, Hollis y sus compadres de Talk Talk le dieron el palo al gato con “It’s My Life”, liderando todos los rankings posibles a mediados de los ochenta. Todo lo que la banda haría después sería alejarse lo más posible del hit, de cualquier fórmula que pudiera oler tanto a obviedad como a flojera. Su disco siguiente, “The Colour of Spring” (1986), -que ya incluía arreglos de guitarras flamencas y un canciones más introspectivas que darían cuenta de lo que estaban cocinando- fue otro batatazo comercial y vendió todavía más discos que el anterior. La crítica los emparentaba con Duran Duran (fueron de gira juntos en alguna ocasión), y EMI sólo veía ganancias aseguradas en el futuro. El sello dobló la apuesta y puso todo el dinero del mundo para el que sería el próximo disco de la banda.

Luego de varios meses de atraso en la entrega del material prometido, la manera que tuvo Hollis de explicarle a EMI lo que estaban tramando fue entregarles un par de certezas: que el disco no iba a tener ningún single y que ni siquiera deslizaran la palabra “gira”, porque nunca más iban a mostrar algo en vivo. Como si fuera hecho con alevosía, “Spirit of Eden” (1988) abre con una hermosa canción de ocho minutos, que muestra el primer acorde de guitarra después de ya pasados buenos dos minutos de intrincados arreglos orquestales, sonidos sacados de la naturaleza y un par de trompetas intrusas. El primer susurro de Hollis aparece avanzado el tercer minuto, dinamitando cualquier posibilidad de éxito radial. Para muchos, “Spirit of Eden” también dinamita el rock, inaugurando lo que luego de conocería tan creativamente como post-rock.

Luego de esto Talk Talk editaría “Laughing Stock” (1991), donde ya Hollis juega prácticamente solo ad-portas de la separación definitiva de la banda, desafiando cualquier forma de calificación y género, acompañado por un ensamble clásico en lugar de sus compañeros habituales de banda. Cada vez se hace más evidente como Hollis pareciera avanzar hacia el silencio antes que hacia la melodía. Sin despreciar ciertas convenciones básicas, su voz es cada vez más parecido a un murmullo que arrastra los arreglos orquestales.

Varios años después, en 1998, Hollis lanza un disco homónimo, donde parece retomar lo que quedó pendiente en “Laughing Stock”. En lugar de sintetizadores (cuyo sonido afirmó luego despreciar profundamente), decidió arreglos más cercanos al jazz que a lo que se escuchaba en la radio en la época, construyendo un puente con otros exploradores imcomprendidos, como el compositor Erik Satie, Claude Debussy o el mismo Ornette Coleman, de quien Hollis siempre hablaba como influencias fundamentales en su música.

De un día para otro, así como los susurros en sus discos, Mark Hollis desapareció completamente.

A diferencia de otros outsiders con los que injustamente se le asocia -Nick Drake, Elliott Smith, por lo pronto-, nada parece indicar que Hollis haya sido un espíritu atormentado. O que su decisión de abandonar la música para siempre haya tenido que ver con fantasmas personales, cuitas imposibles o adicciones. En la que debe ser una de las frases menos “rockeras” en la historia del rock, Hollis lo explicó mientras sorbeteaba el té diciendo

Lo hago por mi familia. Quizás otros son capaces de hacerlo, pero yo no puedo salir de gira y ser un buen papá al mismo tiempo.

Mark Hollis estimó que ya no tenía nada más que decir y se fue a su casa a cuidar a sus hijos. Supongo que en el lugar donde se sentía menos ajeno.


📻 Lo encuentras completo aquí: Voy a dejar solo los enlaces al único disco de Hollis solista, pero te recomiendo todos los discos de Talk Talk. Mark Hollis – Mark Hollis. [Spotify] | [iTunes]

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Kill All Hippies

Después de mucho tiempo, volví a tener ganas de escribir en mi abandonado blog. Solo escribir blog me teletransporta a otra época. Suena raro, ¿no? Después de todo son fósiles superados por la ubicuidad de las redes sociales y apps en nuestros teléfonos, que nos comunican con otros más de lo que quisiéramos. Ya nadie tiene blogs. Hoy tenemos apps.

El ejercicio de enviarte este correo de vez en cuando también cabe dentro de esa misma idea. De poder comunicar una o dos ideas por escrito, de poder compartir aquellas cosas que nos gustan, hablar de lo que queremos, conversar de lo que nos emociona.

Hoy te recomiendo dos discos increíbles, separados por treinta y cuatro años. El primero, es de una banda de la que probable -y sí, inexplicablemente también- no has escuchado hablar. Son galeses, fue siempre muy difícil catalogarlos y tienen en su catálogo canciones inmensas, que se han ido perdiendo en la historia por los Lioneles Messi con los que les tocó compartir la escena musical británica a finales de los noventa. Hoy gente como Gruff Rhys, vocalista de los Furry Animals, sigue activo y en perfecto estado de forma. Acaba de sacar un disco muy bonito llamado Babelsberg que se coló en mis favoritos del año. Bah, olvidé compartir esa lista. Para la otra.

El segundo disco es de esos discos que primero deberías comprar al comenzar a armar tu colección de vinilos. Es una banda salvaje, extraña y al mismo tiempo sutil llamada Love, que logró con este disco, en mi opinión, la cúspide de la psicodelia de los sesenta. No es poca cosa.

Super Furry Animals – Rings Around the World (Epic, 2001)

Los Super Furry Animals son probablemente una de las bandas más subvaloradas de toda esa camada de bandas con las que fuimos bombardeados en los noventas. La prensa inglesa tenía material para entretenerse. Los cabeza de cartel, y favoritos de los diarios, eran Oasis y Blur; mientras en allá más al norte un grupo de entusiastas montaban una mezcla explosiva de acid house y guitarras robadas a Johhny Marr. Hacia el final de los noventa, todo hacía pensar -hasta en el fútbol- que la cosa era en Manchester. En Cardiff, por su parte, había un grupo de galeses pensando en algo completamente distinto.

¿Y qué salía de ahí? De partida, irreverencia. Sus primeros EPs (un dato: el primero se llama “Lianfairpwllgywgyllgoger Chwymdrobwlltysiliogoygoyocynygofod (In Space)”), sólo contenían letras en gaélico y abrazaron al mismo tiempo la sicodelia, el pop barroco, la electrónica, el glitch y el tecno. Lo que quieras. Absolutamente todo.

Pese a ser el primer disco distribuido por una multinacional, “Rings Around the World” no conceden ni un milímetro de libertad artística, como si se tratara de juguetear con el auditor. Por ejemplo, justo cuando alguien podría estar a punto de detener la tortura glitch de No Symphaty, te abrazan con ese impensado hit llamado Yuxtaposed With U. Los Furrys son así: incomprendidos, inusuales, excéntricos y genios.

Algunos dirán que este disco es más bien irregular. Y puede ser. ¿En qué consistirá exactamente un disco regular? ¿Cuál será la clave para dar golpear con certeza la piñata del éxito planetario? No serán los Furry Animals los que nos ayuden a contestar esta pregunta. Entre medio, nos cuelan canciones inmortales.

🎧 Si solo tienes tiempo para una canción: It’s not the end of the world?

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Love – Forever Changes (1967)

La psicodelia tiene el nombre de una ciudad: San Francisco. Y la historia cuenta que a finales de los sesenta la banda sonora de la ciudad era interpretada por Jefferson Airplane o los soporíferos Grateful Dead. Pasarían varias cosas entremedio, pero lo que quedará para la posteridad son más bien los Doors pasando por caja y los pantalones apretados de Jim Morrison haciendo un truco de magia excepcional: hacerse el lindo al mismo tiempo de dominar el escenario sin expresión facial. También, al otro lado del Atlántico, Sgt. Peppers y también Pink Floyd. Después en los setenta esto mutará en lo que se va a denominar rock progresivo, pero esa es otra historia.

De todas las bandas que musicalizaban California a finales de los sesenta, la mejor, la más extraña, la más perversa, venía de Los Ángeles y se llamaba Love.

Probablemente debido al consumo excesivo de LCD de sus integrantes, la banda tuvo una mutación notable, pasando del rock acelerado propio de la época a lo que parieron en el año 1967: una mezcla extraordinaria y delicada de psicodelia pastoral, arreglos de cuerdas y vientos que parecen de otra galaxia y letras completamente delirantes. Al disco le llamaron Forever Changes.

A diferencia de lo que pasa mirando lo que pasa en un tubo de ensayo a través de un microscopio, determinar el paso preciso que hizo posible la existencia de una joya de la magnitud de Forever Changes es un acto insustancial, ridículo. Que un grupo de muchachos con desordenes de personalidad y exceso de drogas a su alcance pudieran trascender de la caótica escena de la psicodelia californiana con el nivel de belleza de este disco va más allá de lo meramente singular.

De las 11 canciones, hay 10 que son, por lo bajo, sobresalientes. Abre con la estupenda “Alone Again Or” (ojo con los nombres de las canciones) que con un midtempo preciso termina clavando en el coro unas cuerdas flamencas tan propias del guitarrista Bryan MacLean. MacLean, sin ir más lejos, tenía una particular fijación con el flamenco y por los musicales de Broadway. Del vocalista, Arthur Lee, que básicamente pasó la década entera en trance de LCD antes de irse preso, se decía que había matado a un roadie, entre otras fechorías menores.

El disco, como podrás ya suponer, vendió bastante menos de lo que nuestros amigos esperaban. Con el tiempo, claro, es considerado como uno de los discos más influyentes de la década. Para muchos, con este disco se cerró por fuera y con llave la psicodelia californiana llena de flores y buenas intenciones.

🎧 Si solo tienes tiempo para una canción: The Red Telephone

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Honor y gloria a Pete Shelley

Han pasado varias semanas desde la última entrega, pero no recuerdo haber prometido fechas ni periodicidad magazinesca. A menos que decidas que ya no vale la pena, este newsletter va a seguir siendo despachado de vez en cuando a tu casilla. Porque el compromiso es ese: es recomendarte discos importantes, claves, que tiene sentido que conozcas o que vuelvas a escuchar.

Estoy pensando en un nuevo newsletter en edición especial con una selección de mis discos favoritos del 2018, pero todavía no me decido. Pero mientras lo pienso, te comparto dos discos que tienen diez años de distancia entre sí, pero eso no es lo importante.

El primero es de los Beatles. Cuando se trata de algún disco de los británicos, la llamada del cliché es galopante. A veces me pregunto si es posible volver a revisar discos tan manoseados tratando de recordar qué significaron para nosotros. Me imagino que sí. O al menos eso es lo que intento recomendándote revisar de nuevo el disco blanco, ese de 1968 que la verdad es que se llama simple, y confusamente, The Beatles.

El segundo disco es un homenaje a Pete Shelley. Es el segundo disco oficial de los Buzzcocks, una extrañísima banda de punk británico que en lugar de lanzar canciones cortopunzantes al status quo, se aferraba a la única certeza: al desamor y a la confusión adolescente. ¿Quién no ha estado enamorado de alguien que no deberías?

Ojalá te guste la selección que te envío esta semana. Si te gusta, o la odiaste, o tienes tú mismo algún disco que te gustaría que recomendara por acá, envíame un email a tantas@cancionesbuenas.com. Todos los correos son respondidos.

Honor y gloria a las canciones buenas.

The Beatles – White Album (Apple, 1968)

Los Beatles no estuvieron en mi vida desde siempre. Mis padres -cuyos gustos básicamente fluctuaban entre el folklore latinoamericano, la canción de protesta y Salvatore Adamo- nunca tuvieron discos de los Beatles en casa. Se declaraban fans de los Beatles así como mi madre se sigue declarando católica sin que yo hubiese atestiguado una visita a la iglesia. Pese a lo que pudiera decir la parte del siglo veinte en la que crecieron, los Beatles no eran su música. No era la música de mis padres.

Los Beatles aparecieron en mi vida por curiosidad. Llegó un punto en que me forcé a saber cómo era la música del canon mundial, a qué sabía la música esa que tenía la gracia de gustarle a todos. Así fue como a los 13 años compré los primeros dos discos compactos que tuve. Uno, ‘Achtung Baby!’ De U2. El otro, ese compilado blanco de los fav four. Past Masters volumen dos.

Mi investigación a punta de cancioneros me llevó a descubrir rápidamente que el disco ese de Lady Madonna, The Inner Light, Rain y Don’t Let me Down, no era parte del canon. De hecho, era una compilación ecléctica, de esas que se hacen para vender más discos. En todo caso, existía otro disco blanco. Un disco, descubriría después, que no lleva nombre, un disco extraño, que no tenía muchos hits que coreasen con posterioridad las bandas tributo, un disco que no tenía mucho pero que, luego concluiría, lo tenía todo.

The Beatles (ese es el nombre ‘oficial’ del disco blanco) es, como todo disco doble, supongo, irregular. Al mismo tiempo que incluye cosas que podría escuchar una y otra vez para siempre (‘While my Guitar Gently Weeps’ o ‘Sexy Sadie’), están al lado de Ob-La-Dí, Ob-La-Dá (Lennon la denominaba “Paul’s granny shit”) o el berrinche de ‘Honey Pie’.

Mis padres no alcanzaron a explicarme que la vida también es un poco así. A veces es un poco ‘Glass Onion’, luego se pone más ‘Cry Baby Cry’. Este es de los pocos discos a los que vuelvo de cuando en cuando, como si hubieran asuntos todavía por descifrar. El disco blanco es mi I Ching, lleno de mensajes que me manda George para resolver misterios del presente.

🎧 Si solo tienes tiempo para una canción: Sexy Sadie 📻 Lo encuentras completo aquí: Spotify | iTunes Music

Buzzcocks – Love Bites (Domino, 1978)

You spurn my natural emotions You make me feel I’m dirt and I’m hurt And if I start a commotion I run the risk of losing you and that’s worse Ever fallen in love, in love with someone You shouldn’t have fallen in love with?

Esto es justo lo que canta Pete Shelley después del guitarreo explosivo e inolvidable con que comienza ‘Ever Fallen in Love (With Someone You Shouldn’t’ve?)’, la segunda canción de Love Bites, el segundo disco de los Buzzcocks. Love Bites no alcanzó a ser un disco muy esperado, siendo publicado solo 6 meses después del debut. Los tiempos del punk obligaban a ciertas premuras.

Era Julio de 1976, y Pete Shelley (entonces conocido como Pete McNeish) junto con su compadre Howard Devoto (entonces conocido como Howard Trafford) viajan en auto a Londres para convencer a los Sex Pistols que visiten Manchester. El show se hace en el Lesser Free Trade Hall y se dice que estaban presentes: Ian Curtis, Peter Hook, Bernard Sumner (que luego harían Joy Division y New Order), un tal Morrissey, Mark E. Smith de, Tony Wilson, y hasta Mick Hucknall, que entonces tenía una banda llamada Frantic Elevators, pero que vería la gloria mundial como Simply Red. La cosa es que en el viaje de vuelta, Pete y Howard deciden convertirse en Shelley y Devoto respectivamente y, con ello torcer el eje de rotación del rock de la última parte del siglo veinte.

Asociar a los Buzzcocks -a Shelley- al canon del punk británico es hacerle un feo favor. No sólo porque expandieron notablemente el arco conceptual y sonoro del género, sino porque la aproximación lírica de Shelley nunca fue la rabia o la rebelión, sino más bien el amor y la confusión adolescente y toda la angustia asociada convertida en himnos inmortales para bailar. La pluma de Shelley siempre corrió la línea hacia mostrar más preguntas que certezas, sugiriendo que la incomodidad del punk era más que slogans, una actitud vital frente a los desafíos de la vida adulta.

Pete murió de un ataque cardíaco el 6 de diciembre de 2018, a la edad de 63 años.

“It was like, you’re not pretending to be something you are not. You are just what you are. Punk is an art of action. It’s about deciding to do something and then going out and doing it.”

🎧 Si solo tienes tiempo para una canción: Ever Fallen In Love (With Some You Shouldn’t) 📻 Lo encuentras completo aquí: Spotify | iTunes Music

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Me acuerdo que varias veces he comentado lo importante que se ha vuelto conversar respecto de las cosas que escuchamos. Alejados de ataduras, de obligaciones y del policía de turno siempre atento a apuntarnos con el dedo. Conversar, compartir, escuchar con atención y estar abierto a la sorpresa son espacios reducidos últimamente.

Esta semana le pedí a Andrés Panes que me compartiera un par de discos que tuvieran un significado especial. Una de las cosas que me gustan de Andrés es que no tiene ningún prejuicio con la música. Sus aventuras (hoy escribe para La Tercera, es editor de Rockaxis, y ha escrito en El Mercurio, en Super45 y para un montón de sitios web) lo han llevado a enemistarse con un montón de gente -incluyéndome a mi, pero esa es otra historia-, y explorar con profundidad géneros tan disímiles como el indie rock, el metal y, últimamente, el trap. Uno de los míos. ¿Si me imaginé que en alguna edición de este newsletter iba a incluir a Joe Vasconcelos? No.

La masificación de los algoritmos en la vida moderna levanta sospecha sobre todo aquello que no es eficiente. Este newsletter, así como casi todo lo que tiene que ver con el disfrute, es una bandera contra la eficiencia.

CPV ‎– Grandes Planes (Zona Bruta, 2005)

Podría decir que se trata de una de las grandes obras del rap hecho en España. Que se trata de un espectacular despliegue de disímiles talentos. Que CPV era prácticamente un supergrupo. Pero en realidad lo que quiero decir es que «Grandes planes» es uno de mis discos favoritos porque me voló la cabeza cuando tenía 14 años, porque fue la puerta a Frank-T, Ari, Jazz Two, La Puta OPP, SFDK y un montón de nombres más que configuraron una parte vital de la banda sonora de mi adolescencia. Y porque ahora, casi dos décadas después, sigue resonando con inusitada fuerza en mi corazón.

Es difícil rastrear cómo fue que llegué a CPV. Pero, seguro, habría sido imposible sin todas esas cintas piratas que circulaban por las escuelas, liceos y poblaciones de La Florida. Esos casetes nos traían novedades fuera del radar, la buena nueva de lo que estaba pasando no solamente acá en Chile o en Estados Unidos, sino también en España y Francia, un pirateo análogo premonitorio del acceso promovido por el clic digital.

CPV significa Club de los Poetas Violentos. Me acuerdo que el nombre me chocaba un poco al comienzo, pero conforme avanzó el tiempo, fui entendiendo el porqué de su agresividad. Una agresividad parecida a la de los establecimientos educacionales que me aterrorizaban por su violencia cuando llegué en 1998 desde Concepción a vivir, por segunda vez, en la capital. En el fondo, al hip hop le debo mi sobrevivencia adolescente. Hablar sobre canciones e intercambiar cassettes me hizo tener una relación amistosa con cabros que, de otra forma, hubiesen sido mis verdugos, los mismos a los que veía quebrantar reglas a diario, gente que me caía bien y, al mismo tiempo, me daba miedo. Esta música me generaba algo parecido.

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Joe Vasconcelos – Verde Cerca (Alerce, 1992)

A propósito de raíces, el segundo disco del que quiero hablar forma parte de mi médula emocional. «Verde cerca» de Joe Vasconcellos es lo que más sonaba en la radio de la casa de Lo Espejo que me recibió en Santiago la primera vez que me vine desde Conce, a los siete años. Antes del sonido de esa radio, mi atención infantil estaba más que nada en la tele. Pero esa casa a la que llegué no tenía más televisión que un viejo aparato en blanco y negro, una IRT alba de carcaza amarilla. Después de todo, no era más que el antro de soltería de mi nuevo padrastro.

Pero se escuchaba mucha música ahí. Caleta de música y a un volumen que hubiese escandalizado a mi abuela penquista. El repertorio era a toda zorra, puras sandías caladas: Prisioneros, Charly, Beatles, you name it. Fito Páez era la otra sensación del momento en la casa, pero a mí me gustaba Joe.

Cuando finalmente nos cambiamos a La Florida, estuvimos varios días sin luz. A oscuras, pero con una radio a pilas en la que se podían escuchar cassettes y donde me acuerdo estar escuchando «Verde cerca» a la luz de las velas. Pienso en esa época y veo a mi vieja y a su pareja tratando de ser adultos a la fuerza, con un quinceañero a cuestas. Ahí es donde quizás entraba la música de Joe. Algo tenía, algo había en esa música, algo que me ponía definitivamente contento.

Ha pasado el tiempo, pero yo sigo queriendo a Joe. Cuando se accidentó, pensé mucho en él y en su música. Sobre todo en un tema que no sale en este disco, “Sin pedigree”, que para mí siempre se ha sentido como una especie de manifiesto personal, lejos de la caricatura que hacen de él y su perpetua buena onda. A mi todo eso me parece una actitud rebelde y admirable en los días que corren y en el país donde vivimos.

Si es por elegir un disco, como me propuso el amigo Ruiz, me tengo que quedar con el viejo y querido «Verde cerca». Fue mi primera aproximación a todas las cosas «lana» que mi concertacionista familia sureña y mis amigos más siúticos detestan, pero que yo amo con pasión. Después de todo, siempre voy a ser un poco así, un hijo de comunistas que usa alpargatas en verano y poncho en invierno.

🎧 Si solo tienes tiempo para una canción:

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it’s the time of the season for loving

Hace algunos años atrás me sorprendieron con una tornamesa para mi cumpleaños. Me había rehusado por años a abrir esa puerta, porque intuía que allí atrás había un camino sin retorno que me iba a llevar a descubrir la alta fidelidad, a no volver a escuchar nunca más mis cedés, y, más grave, a tener que escoger cuáles iban a ser los primeros vinilos que comprase.

Como seguramente también te pasó a ti, al final la historia de los primeros discos que uno compra está teñida de azar, de contextos y de razones que ya no vienen al caso. En mi caso, la barrera que me tocaba superar eran esas dos cajas de plástico compradas en la Feria del Disco de Ahumada un día de invierno de 1992, que contenían la compilación Past Masters 2 de los Beatles y el estupendo Achtung Baby! de U2.

Veinte años después, tenía las cosas todavía menos claras. Pero esta vez sí sabía que el extraño “Odessey and Oracle” de los Zombies tenía que tenerlo de alguna forma. Tenía que ser uno de los primeros. Estaba seguro que “Time of the Season” era una canción que estaba hecha para ser escuchada a través de una aguja amplificada.

Esta semana, te cuento un poco de ese disco. Y también del disco que, por alguna razón que no logré descifrar mientras escribía lo de abajo, más he escuchado en mi vida de una de mis bandas favoritas de todos los tiempos y que regaló uno de los tres recitales inolvidables que he presenciado: R.E.M.

The Zombies – Odessey and Oracle (1968)

Lo que me trae a hablarte de los Zombies hoy es que la historia de los Zombies es también la historia de uno de los discos fundamentales de los sesenta (cuyo nombre tiene una falta de ortografía horrenda), la historia de su fracaso comercial en Inglaterra y la de una serie de impostores que sí pasaron por caja en lugar de nuestros héroes.

Los Zombies son básicamente el proyecto del estupendo tecladista Rod Argent y la voz de Colin Blunstone. Habiendo ganado cierto éxito con el single “She’s not there”, rápidamente la máquina de la british invasion se los llevó a probar suerte a Estados Unidos, sin todavía tener un disco bajo el brazo. Mal que mal, “She’s not there” se había convertido en una de las canciones del verano. Luego de una serie de presentaciones en vivo lejos de las islas británicas, los Zombies grabaron un disco que mezclaba nuevas composiciones con covers, como se estilaba en la época. El escaso éxito del perezosamente titulado “Begin Here” no inhibió a nuestros muchachos a seguir trabajando entre 1965 y 1966 en nuevas canciones, muchas de las cuales no verían la luz del sol sino hasta décadas después.

Así fue como terminaron grabando medio apurados “Odessey and Oracle” teniendo la banda total libertad creativa luego de la sucesión de fracasos en búsqueda del hit perdido. Odessey sería el capítulo final de una banda ya cansada de intentarlo todo. Tanto así que la banda, como tal, no existirá cuando el disco llegó a las disquerías, ya sin dinero en el bolsillo para seguir solventando la aventura musical.

De hecho, pasaron dos años luego de la separación de la banda y un par de singles fallidos para que, en el último intento para lograr algo de réditos comerciales, el sello norteamericano Date Records decide enviar Time of the Season a las radios, el que por fin recibe la atención que los Zombies merecían. Éxito total.

Era finales de los sesenta, se trataba de una pequeña banda británica y había que capitalizar rápidamente el éxito radial. Y, bueno, el vocalista estaba ya se encontraba en otra cosa, trabajando en una empresa de seguros. Así fue como comienza la extraña historia del éxito de los Zombies en Estados Unidos, que durante 1969 tuvo a dos (!) bandas de impostores haciendo gira por el país haciéndose pasar por los británicos y capitalizando los ecos de la invasión British. La historia (que no tiene desperdicios y se cuenta en extensión acá) tiene ribetes aun más psicodélicos al incluir, entre los impostores, a los señores Dusty Hill y Frank Beard, a quien de nombre seguramente no ubicas, pero si te digo ZZ Top podría apostar que sí.

Por recambolesca que parezca la historia, no opaca a “Odessey and Oracle”, esta fotografía maravillosa de pop barroco psicodélico que nos trajeron los Zombies y que podemos poner sin sonrojarnos al lado de Pet Sounds, Sgt. Pepper’s o el debut de Pink Floyd. No es poca cosa.

🎧 Si solo tienes tiempo para una canción: I Want Her She Wants Me

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R.E.M. – Monster (Warner, 1994)

Era mediados de 1994 y la banda venía de hacer “Automatic for the People” (1992), probablemente el mejor disco que la banda haría nunca. Habían salido de la burbuja del indie rock universitario a finales de los ochenta con “Green” (del que vendieron tantas copias que es súper común encontrarse con vinilos de la época a precios de risa) y, fundamentalmente, con el batatazo de “Out of Time” (1991). Luego de eso, “Automatic for the People”, esa oscura preciosura experimental donde volcaron todas las preguntas que llegan con la adultez y, en este caso, la fama. ¿Qué hacer después de todo eso? ¿Cómo recomponerse y armar algo nuevo?

Un disco que no le gusta a nadie, obviamente.

El disco abre con un golpe al mentón para quienes esperaban otro Losing my Religion o un Everybody Hurts. What’s the Frequency, Kenneth? es la entrada a punta de un guitarreo glam a un disco donde Michael Stipe intenta lidiar con el éxito, la fama y la prensa. Luego de varios años sin presentarse en vivo -pese al éxito planetario-, “Monster” es una apuesta a salir de la introspección y volver a conectar con lo que la banda quiere hacer luego del éxito. Después de todo, era 1994 el grunge era una fuerza todopoderosa, Stipe y sus consortes pasaban recién la treintena, época en la que empezamos a respondernos preguntas un poco más en serio. Era 1994 y todavía se dividían las aguas entre los fans de R.E.M. de los años del college rock y los fans ocasionales que se enamoraron de la banda por los hermosos videoclips que rotaban en MTV.

Mientras escribo esto vuelvo a escuchar el disco. Me golpea el comienzo, las guitarras a lo T-Rex me parecen perfectas en Crush with Eyeliner, me encanta la distorsión de ese mensaje de despedida a Curt Cobain que es Let me in y termino poniendo varias veces en repeat Strange Currencies.

Pienso en esta extraña época en la que vivimos. Pienso si la letra de esta canción pasa el exigente test de nuestra actual corrección política. Al mismo tiempo, corro a escucharla con mi mujer mientras la tomo de la mano y le digo que que voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para que estemos juntos.

🎧 Si solo tienes tiempo para una canción: Strange Currencies

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De repente, los discos que amamos cuando éramos jóvenes están de aniversario. No nos dimos cuenta cuando nuestros discos favoritos, esos que todavía escuchamos cuando necesitamos un abrazo o el calor de lo conocido, se celebran con ediciones nuevas, con reimpresiones, con booklets a todo color. Para que las generaciones nuevas, aquellas que no escucharon el disco cuando lo necesitaban, que encuentran ese calor en lugares diferentes, puedan conectarse con esas viejas glorias. Esas viejas cosas que cumplen recién 15, 20, 25 años.

Conversar y hablar de música es, al menos para mi, uno de esos espacios donde siempre hay calorcito. Esas esquinas a las que volvemos una y otra vez, esas vueltas que convertimos en ritos. Se me ocurre que de tanto escribir, de tanto darle vueltas, de tanto recordar, hay cosas que se transforman en ciertas. En algún territorio, al menos, se convierten en verdades.

The Postal Service – Give up (Subpop, 2003)

El mito cuenta que este disco se hizo a distancia. Así como no funciona en el amor, este disco pareciera tratar de llevar la contra: sí funciona en la música. Ben Gibbard, entonces regordete vocalista de Death Cab For Cutie y Jimmy Tamborello, un productor electrónico pionero en glitch y la electrónica experimental. Mientras lo de Gibbard siempre fueron las melodías bien pop y la voz y pinta que se agarraban de las últimas hilachas del indie rock universitario, las aguas de Tamborello escurrían por cauces diferentes. Algunos definían el trabajo de DNTEL, el alias de nuestro Jimmy, como ‘Enocore’, jugando con la cercanía de su música con la búsqueda ambiental de Brian Eno.

En estos días, el disco cumple 15 años desde su aparición. Digo esto no sólo como un ejercicio de nostalgia. Después de todo, no es la primera ni será la última vez que un grupo de músicos decidan llevar adelante un proyecto colectivo. Pero en 2002 no había Dropbox ni Google Drive para poder facilitar las cosas. De hecho, de ahí el nombre de la banda: usaron el correo postal gringo para mandarse caséts con las voces, de ida, y de los arreglos, de vuelta.

El resultado de esta colaboración fue Give Up, nada de mal para un proyecto paralelo, sin mucha ambición y que terminó enterrando para siempre la indietrónica, convirtió a Gibbard en una estrella que escribe canciones para series de TV y se convirtió, de pasada, en uno de los dos discos del sello SubPop que han vendido más de un millón de copias. ¿El otro? El de unos tal Nirvana.

🎧 Si solo tienes tiempo para una canción: We Will Become Silhouettes 📻 Lo encuentras completo aquí: Spotify | iTunes Music

Tunng – …And Then We Saw Land (Thrill Jockey, 2010)

Hubo un tiempo en que todos estábamos de acuerdo en que existía algo llamado folktrónica. Fue esa la manera en la que los críticos modernos de la época se aproximaron a los primeros zambullidos de productores electrónicos a aguas tradicionales. En este caso, a las más tradicionales, a las del folk.

Tunng pasaba por momentos tormentosos. ¿Cómo superar crisis creativas serias y la partida del principal compositor y letrista? A la distancia, pareciera ser que al apuesta por el colectivo (no es casual que en este disco pareciera haber espacio para todos, en especial para la dulce voz de Becky Jacobs) y por profundizar todavía más los caminos que les abría la experimentación electrónica dio un resultado rotundo a las preguntas. Sin siquiera tener contexto, este disco funciona bastante bien. Recoge con un guante la tradición pastoral y la convierte en un canto colectivo lleno de recovecos y caminos todavía por recorrer.

La nota personal es que en realidad la discografía entera de Tunng, aunque en particular este disco, me lleva a un espacio pequeño y privado donde el frío y la lluvia están allá afuera, mientras las armonías, los coros y el banjo me arropan con cariño.

🎧 Si solo tienes tiempo para una canción: Santiago 📻 Lo encuentras completo aquí: Google/Youtube. Sorry, no está en Spotify ni en iTunes.

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Esta semana, te recomiendo un disco de los inclasificables y adorables XTC de que se me ocurrió escribir justo después de haber visto el documental llamado XTC: This is pop (trailer acá). De hecho, a propósito, me quedó dando vueltas la idea de escribir con un poco más de tiempo respecto del éxito, pero fundamentalmente de la derrota. De aquellas historias que inexplicablemente terminan en bandas olvidadas, con importancia oblicua en la Gran Historia de la Música. Desde hace un tiempo estoy obsesionado con esas historias y probablemente hayan pocas bandas que engloben mejor ese concepto que los británicos XTC. También te comparto el tercer disco de Massive Attack, Mezzanine. Se pueden decir cien mil cosas de este disco. Pero aparte del texto de abajo, te agrego: este año se cumplen 20 AÑOS desde que fue editado. Veinte. Yo todavía no lo puedo creer.

XTC – Drums and wires (1979)

Si nunca antes en tu vida habías escuchado de la banda XTC, no pasa nada. No te perdiste ningún hito fundamental del rock ni la piedra rosetta de donde sea posible traducir la fórmula del éxito. Lo que el googleador actual encontrase si se pusiera a buscar, probablemente sean muchas imágenes de pastillas de colores y una que otra foto de unos ingleses más bien desaliñados y un vocalista que mira fijo a la cámara en cada foto. Algo más o menos así era la banda XTC.

A finales de los setenta, XTC ya iba definiendo el sonido que los iría a caracterizar. Casi siempre liderados por Andy Partridge -ya me detendré en ese casi-, la banda comenzaría a arrancarse de los rieles por los que avanzaba ese sonido cada vez más domesticado llamado post-punk y a tratar de encontrar una voz propia, donde los demonios de Partridge y visiones llenas de dibujos animados -Andy nunca dejaría de dibujar, oficio que practica hasta hoy-, sicodelia y absurdo iban a ser las claves por donde debieran leerse sus dispersos esfuerzos creativos.

Justamente, fue en Drums and Wires cuando el liderazgo de Andy Partridge se triza con el inesperado éxito de Making Plans for Nigel. La canción, con la que se abre el disco, fue escrita por el bajista Colin Moulding ante los reclamos de Partridge por dedicarle tanto tiempo de estudio.

Luego de este disco -más bien luego de Making Plans for Niguel, para ser estricto-, la carrera de la banda pareció despegar para siempre. El disco se vendió bien y la banda comenzó a girar de manera frecuente. Presentaciones en televisión, fama, algo de dinero. Sexo, drogas y rock and roll, pensarás. Nada más lejos de la realidad. Claro, Partridge tuvo “problemas con las drogas”, pero su problema fue que no sabía que estaba adicto al valium desde los trece años (!) y tampoco sabía de los efectos que tendría dejar una adicción abruptamente.

No se me ocurre una historia mejor que esta para ilustrar la carrera de una banda que tendría, sí, un par de hits más, pero que no dejará de ser una banda de esas de culto, de las que nadie sabe mucho pero que terminaron siendo inmensamente influyentes.

Siempre me pregunto si habrá sido posible que Pablo Guyot y Willy Iturri hayan escuchado los primeros estribillos de Ten Feet Tall antes de escribir Ana.

🎧 Si solo tienes tiempo para una canción: Making Plans for Nigel 📻 Lo puedes escuchar completo aquí: Spotify | iTunes Music

Massive Attack – Mezzanine

Era 1998 y, al menos para mi generación, eran tiempos desoladores. Saliendo hace poco del colegio y tropezándose con la vida y sus brutalidades, es un momento en que justo la música se materializa como un refugio. Como un espacio secreto, íntimo, como un animalito asustado que hay que cuidar para que no se espante. Justo en esa época, y como si me estuvieran enviando un paquete desde Bristol directo a La Florida, Massive Attack lanzó su tercer disco, al que le pusieron Mezzanine.

Cuando uno revisa críticas antiguas se encuentra con palabras más o menos parecidas a las que uno podría llegar cerrando los ojos y escuchando los primeros tracks del disco: claustrofobia y oscuridad. No es nada de curioso si te detienes un segundo y piensas en que estábamos cerca del cambio de milenio, esa época extraña en que tanto fanáticos religiosos como ingenieros computacionales nos amenazaban con el fin del mundo. O algo así.

Con Mezzanine, Massive Attack quiso sacudirse un poco del trip-hop que habían ayudado sin querer a fundar. Un poco aburridos con el término -tampoco a los vanguardistas músicos de los cincuenta en EEUU les gustaba el término jazz-, decidieron avanzar a terrenos un poco menos firmes que llevaría a unos de sus integrantes a dejar la agrupación justo luego del lanzamiento del disco. Poco más de ‘metales’ y la integración de guitarras fueron los ingredientes con los que los británicos quisieron romper el hechizo.

Lo curioso es que queriendo arrancar, terminaron firmando probablemente uno de los discos más puros que permiten entender el sonido de una época. Es como el caso de los enciclopedistas franceses: queriendo construir la catedral del pensamiento ilustrado, terminaron creando el documento fundamental para entender las prácticas de la Edad Media.

Un dato adicional. Probablemente la mejor canción del disco es Teardrop). Cuenta la historia que Liz Fraser -voz de los recién disueltos Cocteau Twins- grabó parte de las pistas que terminaron en la versión final el mismo día en que se enteró de la muerte de Jeff Buckley. Si uno se esfuerza un poquito, hasta es posible escuchar ese desgarro en la parte final de la canción.

🎧 Si solo tienes tiempo para una canción: Teardrop 📻 Lo puedes escuchar completo aquí: Spotify | iTunes Music