by

41

Me acuerdo que varias veces he comentado lo importante que se ha vuelto conversar respecto de las cosas que escuchamos. Alejados de ataduras, de obligaciones y del policía de turno siempre atento a apuntarnos con el dedo. Conversar, compartir, escuchar con atención y estar abierto a la sorpresa son espacios reducidos últimamente.

Esta semana le pedí a Andrés Panes que me compartiera un par de discos que tuvieran un significado especial. Una de las cosas que me gustan de Andrés es que no tiene ningún prejuicio con la música. Sus aventuras (hoy escribe para La Tercera, es editor de Rockaxis, y ha escrito en El Mercurio, en Super45 y para un montón de sitios web) lo han llevado a enemistarse con un montón de gente -incluyéndome a mi, pero esa es otra historia-, y explorar con profundidad géneros tan disímiles como el indie rock, el metal y, últimamente, el trap. Uno de los míos. ¿Si me imaginé que en alguna edición de este newsletter iba a incluir a Joe Vasconcelos? No.

La masificación de los algoritmos en la vida moderna levanta sospecha sobre todo aquello que no es eficiente. Este newsletter, así como casi todo lo que tiene que ver con el disfrute, es una bandera contra la eficiencia.

CPV ‎– Grandes Planes (Zona Bruta, 2005)

Podría decir que se trata de una de las grandes obras del rap hecho en España. Que se trata de un espectacular despliegue de disímiles talentos. Que CPV era prácticamente un supergrupo. Pero en realidad lo que quiero decir es que «Grandes planes» es uno de mis discos favoritos porque me voló la cabeza cuando tenía 14 años, porque fue la puerta a Frank-T, Ari, Jazz Two, La Puta OPP, SFDK y un montón de nombres más que configuraron una parte vital de la banda sonora de mi adolescencia. Y porque ahora, casi dos décadas después, sigue resonando con inusitada fuerza en mi corazón.

Es difícil rastrear cómo fue que llegué a CPV. Pero, seguro, habría sido imposible sin todas esas cintas piratas que circulaban por las escuelas, liceos y poblaciones de La Florida. Esos casetes nos traían novedades fuera del radar, la buena nueva de lo que estaba pasando no solamente acá en Chile o en Estados Unidos, sino también en España y Francia, un pirateo análogo premonitorio del acceso promovido por el clic digital.

CPV significa Club de los Poetas Violentos. Me acuerdo que el nombre me chocaba un poco al comienzo, pero conforme avanzó el tiempo, fui entendiendo el porqué de su agresividad. Una agresividad parecida a la de los establecimientos educacionales que me aterrorizaban por su violencia cuando llegué en 1998 desde Concepción a vivir, por segunda vez, en la capital. En el fondo, al hip hop le debo mi sobrevivencia adolescente. Hablar sobre canciones e intercambiar cassettes me hizo tener una relación amistosa con cabros que, de otra forma, hubiesen sido mis verdugos, los mismos a los que veía quebrantar reglas a diario, gente que me caía bien y, al mismo tiempo, me daba miedo. Esta música me generaba algo parecido.

📻 Lo puedes escuchar completo aquí: Youtube

Joe Vasconcelos – Verde Cerca (Alerce, 1992)

A propósito de raíces, el segundo disco del que quiero hablar forma parte de mi médula emocional. «Verde cerca» de Joe Vasconcellos es lo que más sonaba en la radio de la casa de Lo Espejo que me recibió en Santiago la primera vez que me vine desde Conce, a los siete años. Antes del sonido de esa radio, mi atención infantil estaba más que nada en la tele. Pero esa casa a la que llegué no tenía más televisión que un viejo aparato en blanco y negro, una IRT alba de carcaza amarilla. Después de todo, no era más que el antro de soltería de mi nuevo padrastro.

Pero se escuchaba mucha música ahí. Caleta de música y a un volumen que hubiese escandalizado a mi abuela penquista. El repertorio era a toda zorra, puras sandías caladas: Prisioneros, Charly, Beatles, you name it. Fito Páez era la otra sensación del momento en la casa, pero a mí me gustaba Joe.

Cuando finalmente nos cambiamos a La Florida, estuvimos varios días sin luz. A oscuras, pero con una radio a pilas en la que se podían escuchar cassettes y donde me acuerdo estar escuchando «Verde cerca» a la luz de las velas. Pienso en esa época y veo a mi vieja y a su pareja tratando de ser adultos a la fuerza, con un quinceañero a cuestas. Ahí es donde quizás entraba la música de Joe. Algo tenía, algo había en esa música, algo que me ponía definitivamente contento.

Ha pasado el tiempo, pero yo sigo queriendo a Joe. Cuando se accidentó, pensé mucho en él y en su música. Sobre todo en un tema que no sale en este disco, “Sin pedigree”, que para mí siempre se ha sentido como una especie de manifiesto personal, lejos de la caricatura que hacen de él y su perpetua buena onda. A mi todo eso me parece una actitud rebelde y admirable en los días que corren y en el país donde vivimos.

Si es por elegir un disco, como me propuso el amigo Ruiz, me tengo que quedar con el viejo y querido «Verde cerca». Fue mi primera aproximación a todas las cosas «lana» que mi concertacionista familia sureña y mis amigos más siúticos detestan, pero que yo amo con pasión. Después de todo, siempre voy a ser un poco así, un hijo de comunistas que usa alpargatas en verano y poncho en invierno.

🎧 Si solo tienes tiempo para una canción:

📻 Lo puedes escuchar completo aquí: Spotify | iTunes Music