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Nueva versión del sitio web 🌐. El sitio anterior lo armé de urgencia tratando de explicar el proyecto a los que se habían quedado fuera de los anuncios en twitter o bien para quienes llegaran recomendados por otros. Lo cambié de servidor (gracias a mis amigos de 9hz), le di una pequeña mano de gato gráfica y le agregué un par de cosas pequeñas. Todavía el texto sigue siendo un poco tosco, en mi opinión, pero bueno. Sirve para entender qué es esto y como una dirección perfecta para enviar a amigos. Al menos sirve para comunicar lo importante: cancionesbuenas.com

El nombre del newsletter y una propuesta para ti. Un par de amigos me han preguntado por el nombre. Que por qué canciones buenas si acá hablamos de discos. Y es cierto. La razón no es tan sofisticada. Había barajado otros nombres (Nuevos discos, nuevas drogas, era el que más me gustaba) pero eran un poco largos o rebuscados. Si bien estaba buscando un nombre que fuese agresivamente no-vendible (?) me pareció que el guiño a esa precisa canción de la Javiera Mena valía la pena aun cuando fuera confuso porque quería compartir discos y no playlists. Pero eso me dio una idea. Varios del listado de suscritos (los estoy mirando a ustedes e, c, f, r, a) tienen playlists en Spotify o en YT. ¿Y qué tal si las comparten? Me comprometo a publicar acá una o dos de las que me envíen 💟

English version 🇺🇸? Not yet my friends. I haven’t got the time to figure it out how to deal with it. I think I have a plan to solve this, but be patient with me.

Gracias a todos los que se han tomado el tiempo en escribirme. Me pone muy contento recibir esos comentarios y trato de responder todos los mails que recibo. Ir a mi biblioteca de discos y seleccionar un par (les juro que es lo que hago!) es precisamente el motivo de este proyecto. Gracias! 😘

Esta semana he comenzado a usar polerones durante las mañanas. Y me sorprendí usando pantalones largos por decisión propia. Quizás de ahí la música que les recomiendo hoy 🌲

Talk Talk – Spirit of Eden (EMI, 1988)

Si cierras los ojos y piensas en Talk Talk, si tienes buena memoria tal vez recuerdes algunos de los hits radiales ochenteros, llenos de sintetizadores a-la-Duran Duran como It’s my life (15 millones de escuchas según miro en Spotify mientras escucho esto) o el agresivo piano y bajo de Life’s what you make it. Ambas, en todo caso canciones impecables. Pero no es lo que yo al menos imagino.

Porque llegué tarde a Talk Talk. En parte por la necesidad adolescente, tan propia de los noventa, de evadir cualquier cosa que contara con sintetizadores (¡cuánto me arrepentiría con el tiempo!). Llegué tarde al punto de no alcanzar a ver como la banda hundía su éxito planetario en la búsqueda personal y sonora de Mark Hollis que lo llevaría -según algunos- a inaugurar lo que se llamaría con posterioridad post-rock. Sepa dios qué cosa sería eso.

Spirit of Eden fue editado por EMI esperando reeditar los hits del disco anterior, pero se encontraron con una mezcla de rock, jazz, música clásica y ambient. No sería difícil imaginar que el paso posterior por parte del sello fuera demandar a Hollis por no ser lo suficientemente comercial luego de haber invertido un año y medio en que grabara a sus anchas, en un estudio en estricta oscuridad y sólo iluminado por velas.

Hay pocos discos que puedan ilustrar mejor que este la relación indirecta entre calidad y popularidad. El público no comulgó con la experiencia espiritual de Hollis (tampoco la crítica, en su momento), que de alguna forma se conectaba con músicos que explícitamente lo habían influenciado, como John Contrane grabando esas improvisaciones lisérgicas de Interstellar Space. Lo que más me gusta de Spirit of Eden es que es un disco que se construye deshaciéndose (no encontré mejor palabra para), desarmándose en pedacitos que vuelven a armarse de pronto.

Con el tiempo Hollis editaría otro disco como Talk Talk profundizando esta aventura llamado Laughting Stock, otra joya muy recomendada. Y luego de editar un sorprendente disco en solitario en 1998, no volvió a aparecer nunca más. No dio más entrevistas, no hizo más música que sea posible asociarle. Nada. Lo último que se sabe es que vive una vida normal en Londres, trabajando en otras cosas y siendo un padre de familia.

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Grandaddy – The Sophtware Slump (V2, 2000)

Al mismo tiempo que Radiohead o los Flaming Lips, había una banda que decía venir de Modesto, California, y que ocupaba fórmulas similares para -de una vez por todas- dar vuelta la página del grunge y armar algo nuevo. Jason Lyttle, el frontman de Grandaddy, se había tomado algo en serio lo que sería el segundo disco de la banda luego de su excéntrico debut. De hecho, le puso al disco The Sophtware Slump en un raro guiño al sophomore slump (un término usado en inglés para referirse al fracaso de las bandas en cumplir las expectativas cifradas luego de un primer disco exitoso).

En este contexto Lyttle lanza un disco, en algún sentido, conceptual, dado que buena parte de él navega a través de los problemas de la tecnología (¡tan propios del año 2000!, ¿se acuerdan que decían que era el día del fin?). Tanto así que la segunda canción del disco cuenta la historia de Jed the Humanoid, el robot que murió de tanto beber luego de ser abandonado. The Sophtware Slump es un disco melancólico (medio emparentado con lo que al mismo tiempo estaba haciendo Radiohead o, mucho mejor, Sparklehorse), algo triste, pero más bien en el sentido de la desilusión medio millenial, medio esperando que algo sucediera para que nada pase. Le han llamado un disco slacker.

En fin, este año Lyttle vuelve a editar un disco como Grandaddy después de once años que parecen un millón. El disco nuevo se llama Last Place y fue publicado hace solo algunas semanas. Lo que más sorprende es que esta vez deja atrás el usar su voz limpia y recurre al vocoder, tal como el Bon Iver en sus últimos lamentables intentos. Bueno, el sonido de Ardin y las Ardillas parece estar un poco de moda después de cosas raras como el desarmado disco de Frank Ocean; aunque parezca raro, a Lyttle el ejercicio le funciona. Esa rara melancolía de los noventas tardíos vuelve a hacer mella por estos lados, quizás porque en Chile si de algo sabemos es de promesas no cumplidas, de cosas que se nos anuncian, nos ilusionan, para que poco cambie.

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