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Espero que esté todo bien. Probablemente no lo has notado, pero esta semana cambié un poco la página web del newsletter. Allí, ahora verás un sencillo texto con una explicación de lo que va todo esto, con un cuadrito para suscribirse.

Adicionalmente, y esto es algo que varios me pidieron por email, podrás ver el archivo pasado. No es lo más hermoso, pero al menos es útil y puedes revisar las ya más de 30 recomendaciones que te he enviado desde acá. Sirve, supongo, para revisar también recuerdos.

Cuando anuncié que volvía el newsletter este año, te contaba que el plan era menos es más. Menos burocracias, más recomendaciones. Menos es más, en algún sentido, parece ser hasta una apuesta política, si me apuras, en estos días tan llenos de lucecitas que nos seducen.

Esta semana le pedí a Gabriel Pinto, entre otras cosas amigo y agricultor, que participara de cancionesbuenas. Lo que sigue es lo que escribió. Es bonito el recuerdo de Doolittle de los Pixies, no sólo porque es un disco fundamental -de esos que resulta muy extraño que dejes de escucharlo de un día para otro- sino porque la referencia de Gab me fuerza a pensar en cuales son mis propios Doolittles. Todos tenemos uno. El segundo disco es el debut de *Fever Ray, un rarísimo proyecto de la cantante de los The Knife (que recordarás por este hit que después popularizara el argentino-sueco José González). Un disco electrónico que mete oscuridad entre los sintetizadores. Como dicen los Pixies, do you have another opinion?.

Por razones que no vienen al caso, me perdí el que para muchos fue el mejor concierto de la década, ese de los Pixies el día después que rescataron a los mineros de la mina San José cuando Black Francis anuncia al comienzo que van a tocar 33 canciones. Pero estuve en el de un par de días antes, en el Club Hípico. Todavía cuando escucho Crackity Jones me dan ganas de saltar, como si fuera un acto reflejo.

Pixies – Doolittle (4AD, 1989)

El último auto “familiar” que tuvimos antes de la separación de mis papás no tenía CD Player, solo casetera. Eso hizo que, por un largo tiempo, solo pudiéramos tocar casettes que les gustaran a mis papás, principalmente de música brasilera, Rocío Durcal, Alberto Cortez, compilados varios de cumbia y salsa y, muy de vez en cuando, alguno casette de nuestra preferencia. Ese cassette era el Doolittle de los Pixies.

Lo mejor de ese disco es que hacía que mis hermanos y yo, nos pusiéramos en modo rockero arriba del auto, lo que significaba no solo tararear las canciones (y especialmente, las maravillosas líneas de bajo del disco), sino mecernos en la parte de atrás del auto, golpetear con los pies el suelo e incluso, pegar uno que otro grito.

Un par de años después de que mis papás se separaran, mi mamá cambió el auto. Al poco tiempo, mi hermano mayor se fue a Argentina a hacer un máster. Casi no quedeban casettes en el auto, ya que mi papá se había llevado unos cuántos y mi hermano, se había llevado otros. Por suerte, olvidado en la guantera se había quedado un greatest hits de David Bowie y el Doolittle. Como un recuerdo de años mejores, más familiares y mucho más rockeros.

Fever Ray – Fever Ray (2009)

En el año 2009, yo recién me había licenciado de agrónomo y había empezado a trabajar en la universidad. Básicamente, mi trabajo constaba en ir al campo a probar distintos productos químicos para ver el grado de control que tenían sobre cierta plaga o enfermedad. Nada muy emocionante, lo sé, pero me entretenía mucho salir de la ciudad para meterme en parcelas perdidas en mitad de la nada y pasar todo el día ahí.

El único “pero” de lo anterior, era que tenía que salir muy temprano de mi casa (por lo general, a eso de las 6 de la mañana), ya que en el campo nos recibían siempre a eso de las 9 de la mañana, y muchas veces, el viaje era de dos horas o más.

A esa hora, no me daban ganas de escuchar nada muy estridente. Mal que mal, me estaba recién despertando y todavía me quedaba una larga jornada por delante. Entre los discos que venía escuchando en ese tiempo, estaba el debut de Fever Ray (Karin Dreijer, de The Knife). Un disco oscuro, húmedo, medio mala onda. A las 6 de la mañana, cuando aún no amanecía y la temperatura no subía de los 10 grados, Fever Ray (el disco) era la compañía perfecta.