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Esta semana van dos discos hechos por chicas. El primero es de mi querida Tracey Thorne, quien vuelve después de varios años de silencio discográfico. Ese peinado perfecto, esa voz a la que tanto le debe Romy Madley Croft de The XX. El otro es un disco que te gusta o lo odias, de la Joanna Newsom. Ahí cuento varias historias, pero al menos dale una oportunidad al single.

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Que tengas un excelente fin de semana y que te acompañen siempre canciones buenas.

Tracey Thorne – Record (Unmade, 2018)

Los que ya pasamos los treinta hace un rato recordaremos a Tracey por ser la voz de Everything but the Girl, la banda de ese hitazo universal llamado Missing. Un éxito que llegó casi una década después que Tracey y Ben Watt -su pareja de entonces- dieran sus primeros pasos como banda.

La historia de Tracey no empezó con EBTG. Antes, Tracey había sido una de las favoritas de John Peel con su banda Marine Girls a principios de los ochenta. Una banda pequeña, llena de detallitos, exquisita y extraña, obviamente parte del sello Cheery Red.

Han pasado casi dos décadas desde el último suspiro de Everything But the Girl -una banda injustamente considerada one hit wonder. Entre medio, Tracey se separó de Watt y siguió adelante en esta misma sintonía. Record acaba de salir a la venta (¿siguen los discos saliendo a la venta?), donde explora temas como ser mujer en distintas edades, feminismo y tener o no tener hijos. Pero en clave eletropop.

Me gusta pensar que Tracey pertenece a ese grupo de gente a la que las cosas le resultan siempre bien. Que acierta siempre a la nota perfecta. Que su tono de voz se ajusta preciso a la melodía. Que siempre se levanta de un porrazo con el peinado perfecto.

🎧 Si solo tienes tiempo para una canción: Queen

📻 Lo puedes escuchar completo aquí: Spotify | iTunes Music

Joanna Newsom – The Milk-Eyed Mender (Drag City, 2004)

Se ha escrito hasta el hartazgo respecto de timbres vocales en la música popular. En el estupendo “Después de vivir un Siglo”, por ejemplo, Victor Herrera documenta la incomodidad manifiesta de Violeta Parra respecto de su voz. Javiera Mena ha tenido que trabajar muchísimo para llegar donde está. Yendo más lejos, el indie rock está lleno de personajes con voces disonantes. Después de todo, ni Bob Dylan ni Joni Mitchell podrían ganar jamás American Idol o The Voice.

La arpista Joanna Newsom no pertenece a ese grupo. La Newsom no canta mal. Canta raro. Un timbre algo infantilizado. En un artículo en Vanity Fair se da cuenta que para algunos la voz les suena como “un gato moribundo” o “un preadolescente lloriqueando acerca del mall”. Mi mujer siempre recuerda esa vez que terminó huyendo de un recital de la Newsom a los veinte minutos. No es precisamente la forma más halagadora de presentar un disco de la señorita Newsom.

Era 2004 y estábamos rodeados de estos experimentos psycho-folk, acid folk o freak folk, rescates millennials de Vashti Bunyan, Donovan y Woody Guthrie. El amigo Andy Cabic acababa de debutar con Vetiver. Misma cosa con CocoRosie. 2004 fue también el año de “Niño Rojo” y “Rejoicing in the Hands” de Devendra Banhart. En ese contexto, lleno de gente rara haciendo folk raro, el debut de Joanna Newsom fue probablemente el punto más alto.

🎧 Si solo tienes tiempo para una canción: Bridges and Balloons

📻 Lo puedes escuchar completo aquí: Youtube | iTunes Music

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