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Una historia de Alice Coltrane. Esta semana volví a Santiago y un poco a la normalidad después de unos días bien agitados. Como siempre, la música que me acompaña suele estar directamente asociada a estados emocionales. De hecho, -y creo haberlo comentado en algún otro newsletter- últimamente me he sorprendido comprando y escuchando mucha música de esa que se denomina spiritual jazz. Sin ir más lejos, me compré un disco de Pharoah Sanders y otro de Alice Coltrane, de cuya vida he estado, además, leyendo mucho últimamente. De pasada me enteré que Luaka Bop (el sello de David Byrne) editó esta semana un disco con una compilación de los trabajos que hizo durante los ochenta mientras dirigía el Sai Anantam Ashram en California. Es posible encontrarlo en plataformas de streaming y lo he escuchado una gran cantidad de veces durante estos días. Quizás no es el tipo de discos que comparto acá en el newsletter, pero si tienen interés en explorar algo de la experiencia mística de Alice, mezclando gospel, jazz y música tradicional de la India, denle una oportunidad.

Este es una edición especial. Le he pedido a algunos amigos y amigas en quienes confío (al menos su gusto musical y la capacidad de explicar con brevedad un par de discos que les sean significativos), que me cuenten también de dos de sus discos favoritos. Varios de ellos han respondido afirmativamente (de hecho, casi todos están suscritos), cosa que me pone muy contento. Partimos esta semana con Cristian Araya. Araya es, entre otras cosas, director musical de la radio Duna FM y en una lejana tarde de 1996 fundó el colectivo Super45. Araya es un tipo serio, de esos de opiniones contundentes. Pero su erudición no lo nubla para ser particularmente generoso con sus gustos y con las hebras que conectan la música que hoy le interesa. Por eso le pedí a él comenzar como villano invitado.

De nuevo muchas gracias por mantenerte suscrito o suscrita y ojalá te guste la selección de esta semana. Que tengas una buena semana ✊

The Magnetic Fields – The Charm of the Highway Strip (Merge, 1994)

Por razones quizás debidas al momento en que los escuché por primera vez, creo que nunca voy a superar a los Magnetic Fields previos al 69 Love Songs. Holiday (1994), Get Lost (1995) y, sobre todo, The Charm of the Highway Strip (1994) siguen siendo mis discos favoritos de una banda que decepciona álbum tras álbum después de I (2004), su último disco defendible desde mi punto de vista.  

The Charm of the Highway Strip es un álbum de ese tiempo en que Stephin Merritt todavía se estaba haciendo la idea que debía cantar las canciones que escribía (su primera vocalista fue Susan Anway). Pero ahí ya estaban todas las cosas que los hacían queribles. Esos sonidos de teclado barato usados tan pomposamente que dejaban en claro la confianza en sus medios, las melodías infladas con melancolía pero también algo sardónicas y esas letras escritas desde el rincón del bar. A Merritt siempre le costó ser el protagonista de sus propias historias. Y en el caso de The Charm of the Highway Strip, la idea de la carretera como lugar de perdición y redención al mismo tiempo.

Conocí a The Magnetic Fields leyendo a Jesús Llorente en la revista RockdeLux cuando tenía alrededor de 20 años. He pasado un poco más de la mitad de mi vida escuchándolos y resulta que casi cada situación que he pasado, siempre tiene una canción de ellos que encaja casi perfecto.

The Clientele – Suburban Light (Pointy, 2000)

The Clientele son todo lo que se puede odiar de la música indie. Estudiantes de literatura hacienda discos de pop con referencias a oscuras (y ni tanto) bandas de los 60s y editados por un sello independiente conocido apenas por sus amigos. Pomposo, sí. Arty, demasiado. Sensiblero, por supuesto.

Pero para quienes crecimos creyendo que todo lo anterior no era necesariamente malo, sino que todo lo contrario, The Clientele eran una pequeña obsesión. Apenas algunos singles por aquí y por allá recomendados por alguien que fue al Reino Unido en esa época o, de nuevo, leyendo el sobre entusiasta comentario de alguna revista española o británica. Eso hasta que en noviembre del 2000 aparece Suburban Light, “debut” del trío, aunque en realidad era un compilado de esos singles primerizos.

De pronto todas esas metáforas rebuscadas, todos esos ríos de tinta usados para alabarlos cobran sentido. Trece canciones que recuerdan a todo y nada, como si haberlas escrito en 1968 o 1998 diera lo mismo, pero que describen perfectamente un momento: Tarde, muy tarde un día semana cuando no queda nadie en la calle y uno debería estar en otra parte. Caminar a casa escuchando una copia en cd-r de Suburban Light fue, por aquel entonces, una manera de sentirse parte de algo parecido a una cofradía. Gente de cualquier parte que encontraron en The Clientele un acompañamiento para las madrugadas.

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