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Escribo esto siendo Lunes y estando todavía en la lluviosa ciudad de Toronto.

Estoy acá por el encuentro global de Creative Commons (organización para la que trabajo), que me mostró de nuevo la importancia de construir cosas colectivas, en el valor de la confianza en las redes que tienes, y también en la dificultad que es hacer cosas entre todos. Pero una de las cosas que más me han dado vuelta en estos días es la necesidad de agradecer a otros. Vivimos en un mundo donde es tan fácil construir relaciones vacías y donde la velocidad a la que parece ir todos no pudiera darnos tiempo para detenernos, disfrutar y también agradecer a la gente que está alrededor nuestro. También pensaba que, de alguna forma, este newsletter responde a esa necesidad. De aportar a quienes comparten algo contigo un poco de agradecimiento y hacerlo sin esperar nada a cambio.

Esta semana les comparto un disco de la banda Low y otro del desaparecido británico Marc Bolan, también conocido como T. Rex. El disco de Low -pese a lo que podría sugerir su título- es un camino tranquilo, a paso lento y de la mano. Es un disco con letras crípticas (de hecho, hay un documental de la banda donde Sparhawk tiene que dar explicaciones en su iglesia), pero con arreglos de voz que son imposibles de no querer. El de T. Rex es mi favorito de este británico opacado por Bowie, que hizo varios discos perfectos -entre ellos el que te comparto esta semana- y que termina matándose en un auto en el norte de Londres.

De nuevo muchas gracias por mantenerte suscrito o suscrita y ojalá te guste la selección de esta semana. Que tengas una buena semana ✊

Low – The Great Destroyer (Sub Pop, 2005)

Low es una banda de un pueblo llamado Duluth, en Minnesota. Entre otras particularidades (por ejemplo, que Alan Sparhawk y Mimi Parker sean pareja hace años), son fervientes mormones. El tipo de música que tocan se ha denominado slow-core, para graficar el uso de una estética minimalista y de tiempos lentos. Cosa curiosa considerando que este disco lo produjo -¡también!- Dave Friedman, un productor más bien dado a la saturación y poco a los detalles minimalistas.

De las cosas que más me gustan de Low es no solo ese sonido monacal (a veces pareciera que estuvieran tocando en una iglesia) sino también los juegos de voces entre Alan y Mimi que son tan característicos de la banda. Y porque sus discos me sumergen, me embrujan un poco.

En The Great Destroyer se supone que se alejan un poco de lo que habían hecho en sus siete discos anteriores, esta vez explorando caminos más cercanos al indie rock antes que profundizar en ese concepto de slowcore que tanto le molesta a Sparhawk. Tiene canciones que dan ganas de escuchar una y otra vez (Step, When I Go Deaf, Death of a Salesman) y, pese a que las temáticas de las letras sean difíciles de descifrar, este disco me gusta porque me deja con una buena sensación, como durante esos milisegundos justo después de sumergir la cabeza en el agua. Un poco despistado, pero en paz.

T. Rex – The Slider (Ariola, 1972)

El comienzo de este disco (el séptimo de la carrera de Marc Bolan y antecedido por el súper exitoso Electric Warrior) debe estar en el panteón de los mejores comienzos de discos de la historia del rock. No sólo tiene un riff de guitarras reconocible para siempre, sino que empieza con un grito salvaje que curiosamente no invita a arrancar sino a participar de esta fiesta de Metal Guru.

Bolan debe ser de los artistas más interesantes que salieron de las islas británicas a fines de los sesenta, cuando la estela de los Beatles ya comenzaba a retirarse, y un flacuchento desgarbado llamado David Bowie comenzaba a imaginarse algo muy distinto a lo acostumbrado en el escenario. De hecho, la leyenda construida por la prensa de la época hablaba de una ácida rivalidad entre Bowie y Bolan, cosa siempre descartada en vida por Bowie. Pero entre ambos hicieron algo mejor: darle el puntapié inicial a lo que se vendría a llamar glam, esta forma de entender el rock como un terreno en construcción, con juegos coquetos y ambigüedades que tal como abrirían puertas para apuestas arriesgadas y maravillosas, terminaría con californianos en el escenario cantando estupideces. Pero para eso tendría que pasar algo de tiempo todavía.

The Slider no tiene la avalancha de hits que tuvo su disco anterior, pero es un disco que entremedio de guirnaldas, serpentinas y glitch, se arrima a la vieja escuela del rock, donde bajo todas esas capas de colorinche es posible escuchar retazos de Buddy Holly, Bo Didley y Elvis (haz la prueba y escucha de nuevo Rabbit Fighter e imagínala cantada por Presley).

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