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Cuántos. Cuando empecé este proyecto, nunca lo hice pensando en un número. De hecho, me acuerdo que cuando lo hablaba con amigos, siempre dije que lo seguiría haciendo si es que había al menos unas 20 (creo que ese era el número que usaba) personas que estuvieran dispuestas a recibir estas recomendaciones de discos semanales. Al momento en que escribo estas letras (noche del domingo), son 160 personas que comparten esto. Que reciben en sus casillas estas palabras y estos discos que comparto con tanto cariño. No sé si me interesa que seamos más. Sólo me interesa que lo que comparto -como si se tratara de un mensaje en una botella- al menos le parezca significativo a alguien allí. Que recuerden historias personales, que los conecte con personas del pasado, que les haga la vida mejor.

Tenemos logo y rediseño. Como habrán visto, esta semana estrenamos diseño. El amigo Ed Milla -también suscriptor del newsletter- es el responsable del logo y de la mano de gato del boletín semanal. Ojalá les guste, comentarios bienvenidos. Muchas gracias, Ed!

En la edición de hoy. En el newsletter de hoy, comparto dos discos. Uno es el tercer disco de una banda extraña llamada Love. El disco (Forever Changes) es además improbable, dados los graves problemas de drogas que tenían los miembros de la banda al momento de hacerlo, pero el resultado final es una de las piezas de pop más hermosas de finales de los sesenta. El otro, es el segundo disco de The National. El disco se llama Sad Songs for Dirty Lovers y rara vez está en la lista de los discos más recomendados de los National. Claro, la crítica empezó a enamorarse con Boxer y hoy la banda llena estadios, pero en este disco el vocalista parece todavía perdidamente buscando un lugar en el mundo. Por eso, quizás, me gusta tanto.

De nuevo muchas gracias por mantenerte suscrito o suscrita y ojalá te guste la selección de esta semana. Que tengas una buena semana ✊

Love – Forever Changes (Elektra, 1967)

Lo primero que escuchas es un punteo de guitarras barroco, casi tan extraño como la portada del disco, con esas cinco cabezas conectadas entre sí por tonos psicodélicos. Un punteo que se mezcla con una batería marcial que luego perderá presencia ante los vientos de mariachi (!!) y los cortes abruptos del resto de la magnífica “Alone again or“, la canción que abre el tercer disco de Love, en 1967.

Forever Changes es un disco fantástico, que no puedo dejar de recomendar. Love fue una banda extraña, y no sólo por ser una de las primeras bandas multirraciales en el mainstream gringo, sino porque el sonido que buscaron en sus primeros discos es, para muchos, medio embrujado, oscuro y extrañamente hermoso. Todo al mismo tiempo. También este disco es improbable, nadie daba un peso por estos músicos, que vivían colectivamente en la que había sido la mansión de Bela Lugosi, completamente sumergidos en la heroína y el LSD.

Los miembros de Love vivían en California, pero siempre fueron vistos como extraños a la comunidad de paz y amor que proclamaban las comunidades hippies por doquier a finales de los sesenta. Es más, las letras de Arthur Lee rayaban lo surreal y al mismo tiempo tenebroso. Con el tiempo, muchos leen en este disco (que es el disco favorito del name dropping de cualquier artista queriendo hacerse el interesante) una lectura brutal y menos naive de lo que sería el final de los sesenta, y el principio de los terribles setentas en el mundo.

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The National – Sad songs for dirty lovers (Talitres, 2003)

Los primeros dos discos de The National son injustamente olvidados. En parte porque, a diferencia de los que vinieron después, fueron producidos por ellos mismos, editados por su propio sello y, más encima, a esas alturas del partido ni siquiera ellos creían que la banda fuera un proyecto serio y duradero. Hoy, los The National son una improbable banda de stadium rock: músicos que parecen más apoderados de colegio que estrellas de rock, que hacen canciones con extraños arreglos y que le pegan perfecto a prácticamente todo lo que hacen. De hecho, la crítica ha sido particularmente amable con la última parte de la producción discográfica de la banda, aunque no tanto con sus primeros discos. Pero este es mi favorito.

En 2003 todavía no se convertían en un fenómeno. Todavía eran una banda que había sacado un más que decente primer disco homónimo y que, en este segundo, parecían estar buscando su sonido, usando cosas de Wilco -más bien hartas cosas de Wilco- y puliendo las letras descorazonadas recitadas por el vozarrón a la Tindersticks de Matt Berninger. Porque las letras son buenas.  Como si el nombre del disco fuera llevar a equívocos, las historias de las canciones casi siempre tratan de los dolores del corazón del pobre de Matt, que siempre juega el rol del hombre acontecido, pero sensible, respecto de aquellas tretas con las que el destino parece ensañarse con él.

El disco cierra con “Lucky You”, una canción que parece estar hecha para los estadios, para corear en grupo. Miren, imaginen el escenario. Denle play y apagan las luces. Lo que te imaginas es inmediatamente el silencio de miles de personas dándole paso al ritmo de una banda que se va conectando despacio con la historia del pobre de Matt explicándole a la amante que le pertenece, que no hay nada que ella pueda hacer. Que el hombre es suyo. Lucky you.

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